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La novela dominicana nace en el siglo XIX bajo el signo romántico francés y, al igual que en
Hispanoamérica y el Caribe, su aparición es tardÃa. Los estudiosos dominicanos del género, entre
ellos Carlos Estaban Deive, Bruno Rosario Candelier, Marcio Veloz Maggiolo y Abelardo Vicioso,
coinciden al señalar dos razones fundamentales para dicho letargo: la ausencia de condiciones sociales,
culturales y económicas en la isla para producir textos ficticios y la implementación de una Cedula Real
dictada por las autoridades españolas el 4 de abril de 1531 que prohibÃa el envÃo y la difusión de
libros de “romance, de historias vanas o de profanidad� a las Indias. Esas razones, como lo han
demostrado el argentino Enrique Ander-son Imbert, el chileno Fernando AlegrÃa y el peruano Luis Alberto
Sánchez, entre otros, son aplicables indistin-tamente a todos los territorios conquistados por España.
Durante los siglos XVI y XIX la pro-ducción de textos narrativos en la Hispaniola se limitó a los escasos
pasajes de matiz literario que aparecen en Historia de la Indias, Historia general y natural de las Indias y
Relación acerca de las antigüedades de los indios, de Bartolomé de las Casas, Gonzalo Fernández
de Oviedo y Fray Ramón Pané, respectivamente.
Empero, los llamados cuentos de camino, provenientes de España, se popularizaron en to-da la Isla,
convirtiéndose asà en la fuente folklórica-literaria más importante existente en esos tres siglos. La
primera novela dominicana en orden cronológico es Los amores de los indios, de Alejandro Angulo Guridi,
escrita en Cuba y publicada en ese mismo paÃs en 1843. Los amo-res de los indios es una obra de corte
indianista cuyos protagonistas son indÃgenas cubanos, no dominicanos. A ésta le sucede El montero
(1856), de Francisco Bonó, novela de tema costu-mbrista que resalta el valor del “montero�,
personaje rebelde que hizo de la cacerÃa de ganado en los montes un estilo de vida particular y un modo
de subsistencia riesgoso. Luego, en 1879 Manuel de Jesús Galván dio a la publicidad la primera parte, y
en 1882 la versión completa, de Enriquillo, novela esencial del indianismo histórico hispanoamericano. El
ciclo novelÃstico deci-monónico dominicano lo cierra Francisco Gregorio Billini con Banà o Engracia y
Antoñita (1892), obra exponente del ambiente, las tradiciones y las costumbres banilejas de entonces.
Con la finalidad de exaltar los valores patrios y poner en perspectiva los acontecimientos históricos más
importan-tes ocurridos en la sociedad dominicana entre 1844 y la gesta restau-radora nacional de 1863,
Federico GarcÃa Godoy publicó la trilogÃa Rufinito, Alma dominicana y Guanuma (1908). Orientada en
el mismo sentido, pero con la dictadura de Ulises Heureaux como motivo central, Tulio Manuel Cestero
publicó La Sangre en 1913. Otra novela que exalta el nacionalismo criollo y analiza las revoluciones
caudillistas nacionales desde una óptica poli-tica amplia es La Mañosa(1936) de Juan Bosch. De 1936
es también Los enemigos de la tie-rra, de Francisco Andrés Requena, que plantea las consecuencias
de la emigración del cam-pesino dominicano hacia la capital.
El tema de los ingenios y la industria azucarera entra a la narrativa nacional bajo la denomi-nación de â
€œnovela de la cañaâ€�. A esa tendencia pertenecen Cañas y bueyes (1936) de Francisco Moscoso
Puello; Over (1939), de Ramón Marrero Aristy y Jengibre (1940), de Pedro Andrés Pé-rez Cabral.
Estas tres novelas denuncian, desde posiciones polÃticas y planteamientos estéti-cos diferentes, el
deplorable drama que padecÃan los trabajadores de los ingenios azucareros dominicanos de las primeras
décadas del siglo XX. La explotación económica, el dolor humano, la humillación y la crÃtica abierta
a la tiranÃa trujillista conforman el hilo temático de las mismas.
Paralelo a estas novelas de denuncia social y polÃtica aparecen otras destinadas a engrandecer la figura
de Trujillo y su familia. No eran, en el sentido estricto de la palabra, novelas por encargo, sino textos
producidos por autores que voluntariamente quisieron congraciarse con el ré-gimen trujillista. Incluso,
muchas de ellas fueron escritas por novelistas aficionados o por periodistas que pusieron su pluma al servicio
de la tiranÃa. Entre ellas se destacan: Eusebio Sapote (1938) de Enrique Aguiar; Revolución (1942), La
cacica (1944) y Hello Jimmy (1945) de Rafael Damirón; Cachón (1956), de Miguel Angel Monclús.
Panorama histórico del cuento dominicano
El cultivo del cuento en República Dominicana -del cuento moderno tal y como se entiende el genero
actualmente- se inicia en la segunda mitad del siglo XIX, lo que implica una aparición tardÃa del género
en el paÃs en relación con muchos otros paÃses latinoamericanos. Antes del siglo XIX los cuentos de
consumo nacional provenÃan de la tradición escrita y oral europea, especialmente de las fuentes primarias
del género en España, como El conde Lucanor. Esos relatos, tradiciones y leyendas llegaron a la isla a
través de los conquistadores y fueron diseminados por todo el territorio nacional por los intelectuales y
religiosos españoles que se establecieron en Quisqueya durante los tres siglos y medio de dominio
español.
El primer texto narrativo breve dominicano es "El garito", un relato escrito por Alejandro Angulo Guridi y
publicado en el periódico capitalino El Orden en 1854. La historia de Guridi es de corte moralizante y su
protagonista no es dominicano, sino mexicano. A ese perÃodo embrionario pertenecen también los
relatos "La ciguapa" y "La Campana del higo" (Francisco Javier Angulo Guridi), "El encargo difÃcil" (Rafael
Deligne), "Tradiciones quisqueyanas" (Eugenio Deschamps), "El negro comejente" (Francisco Mota) y "La
bella Catalina" (Apolinar Perdomo). Pese a que los cuentos modernistas y fantásticos del nicaragüense
Rubén DarÃo y los naturalistas del francés Guy de Maupassant despertaron mucho interés en los
escritores nacionales de la segunda mitad del siglo XIX, incluso tuvieron algunos imitadores, como Jacinto J.
Peynado Andrés Freites, Luis Garrido, Alberto Arredondo Miura, Luisa Ozema Pellerano, Amelia
Francis-ca y Federico HenrÃquez y Carvajal entre otros, estos autores no lograron mÃnimamente igualar
el discurso de sus modelos. El medio de difusión utilizado por este último grupo para dar a conocer sus
textos fue La Revista Ilustrada. En las narraciones de estos primeros cuentistas locales predominan los
cuadros de costumbres, las fábulas, las leyendas y las tradiciones. El autor más brillante de esta última
modalidad es Cesar Nicolás Penson con Cosas añejas (1891).
El siglo XX lo abren, con buen pie, Virginia Elena Ortea con Risas y lágrimas (1901), Amelia Francisca
con Cierzo en primavera (1902) y José Ramón López con Cuentos Puertoplateños (1904). A esas
voces se suman la de Manuel Florentino Cestero (Canto a Lila, 1906) y las de los románticos Fabio Fiallo
(Canto del Cisne, 1908) y Tulio Manuel Cestero (Ciudad romántica, 1911). Entre 1911 y 1930 aparecen
alrededor de quince libros de cuentos, pero ninguno de ellos entra en la categorÃa de lo que podrÃa
considerarse como cuentos propiamente domini-canos, pues su temática estaba divorciada de la realidad
nacional.
Durante la tiranÃa de Rafael Leonidas Trujillo Molina (1930-1961) aparece una veintena de cuentistas de
los cuales hay, por lo menos, diez dignos de considerarse como practicantes conscientes del género. Ellos
son: Juan Bosch (Camino real, 1933, Dos pesos de agua, 1941, La muchacha de la Guaira, 1955, Cuentos
de Navidad, 1956); Ramón Marrero Aristy (Balsié, 1938), Freddy Prestol Castillo (Paisaje y
meditaciones de una frontera, 1943), José Manuel Sanz Lajara (Aconcagua: viajes y cuentos, 1950) y
Delia Weber (Do-ra y otros cuentos, 1952), Hilma Contreras (Cuatro cuentos, 1953), Néstor Caro
(Cielo negro, 1949, Sándalo, 1957), Angel Hernández Acosta (Tierra blanca, 1957), Virgilio DÃaz
Grullón (Un dÃa cualquiera, 1958) y Sócrates Nolasco (Cuentos cimarrones, 1958. En todos ellos
predomina, de algún modo, lo rural. Pero no lo rural exótico y exuberante del romanticismo y del
naturalismo decimonónico, sino lo rural agreste y cruel al estilo de algunos relatos de Cuento de la selva, de
Horacio Qui-roga o de La Voragine de José Eustasio Rivera, donde la naturaleza se vuelca contra el
hombre convirtiéndose en su enemiga. Abundan también los pasajes fantásticos y maravillosos, la
tradiciones campesinas, lo filosófico y lo psicológico. El más prolÃfico cuantitativamente y cua-
litativamente de ese grupo es Juan Bosch.
Partiendo de su "TeorÃa del arte de escribir cuento", cuya versión final fue difundida en 1958, la cual
está sustentada en la unicidad temática, la concisión y la fluencia constante, Bosch dota a la narrativa
nacional de personalidad propia. La sátira polÃtica directa, la estampa social, el costumbrismo y la
tradiciones, modalidades predominantes en todo el correr del siglo XIX, entran en declive con el
advenimiento de Bosch a la literatura dominicana. Entre 1932 y 1960 Bosch escribió algunos de sus
cuentos polÃticos y fantásticos más valio-sos: "La mujer' (1932), "La bella alma de don Damián"
(1939), "Dos pesos de agua" (1941), "Luis Pie" (1943), "El so-cio" (1940), "El rÃo y su enemi-go (1942),
"El difunto estaba vivo" (1943), "El indio Manuel Sicuri (1956), "Cuentos de Navidad" (1956) y "El hombre
que lloró". En estos relatos, recogidos pos-teriormente en Cuentos escritos en el exilio (1962) y Cuentos
escritos antes del exilio(1975), Bosch pone al campesino y al hombre humilde dominicano en contacto con
su propia realidad y lo lleva a desentrañar el mundo exótico y misterioso narrado por sus antecesores, un
mundo ficticio lleno de prÃncipes, reyes y emperadores inexistente en la realidad dominicana.
El asesinato de Trujillo abrió nuevas vÃas de expresión a los narradores dominicanos. Se produjo
repentinamente un rechazo a la temática del pasado, relegando lo rural a un segundo plano. La ciudad, dice
Pedro Antonio Valdez, "dejó de ser inabordable y pasó a convertirse en un espacio inclemente a trans-
formar. La ciudad sustituyó al campo; la fábrica, a la finca; el hombre de ciu-dad, al campesino; el
gerente, al terrateniente?y de esa manera el espacio ur-bano, ya jamás el rural, se tradujo en elemento de
lucha y liberación". Incluso, muchos narra-dores de la generación anterior que al momento de la caÃda
de Trujillo apenas habÃan mani-festado tÃmidamente sus dotes de cuentistas, como AÃda Cartagena
PortalatÃn, José Rijo, Hilma Contreras, Néstor Caro, Virgilio DÃaz Grullón, José Manuel Sanz
Lajara y Marcio Veloz
Maggiolo, desarrollan el grueso de su obra bajo estas nuevas premisas. El primer lustro de la década de
los 60 fue un perÃodo de reafirmación para el grupo antes citado y, al mismo tiempo, un decenio clave
para el destino inmediato de la narrativa corta dominicana.
La aparición de los grupos culturales y literarios La Mascara, El Puño, La Antorcha, La Isla y el
Movimiento Cultural Universitario, surgidos a partir de la guerra de abril de 1965, fue decisiva para el
trabajo creativo de los escritores que produjeron los textos más representativos entre 1961 y 1978. Los
concursos literarios organizados por estas agrupaciones estimularon la produc-ción de Marcio Veloz
Maggiolo, René del Risco Bermúdez y Miguel Alfonseca, entre otros. Todos ellos fueron exponentes de
un discurso urbano dominado por la cotidianidad. De ese modo, el bar, la cafeterÃa, las plazas públicas,
el zapatero, el pregonero, la prostituta y la calle El Conde se convirtieron en materia prima para estos
jóvenes narradores. De esa época son algunas de las historias de El prófugo (1962), Creonte: seis
relatos (1963) y La fértil agonÃa del amor (1965) de Veloz Maggiolo, asà como los cuentos "La
boca" (1966), "El enemigo", (1966) y "Delicatessen" (1971) de Miguel Alfonseca, y "Ahora que vuelvo,
Tom", "En el barrio no hay banderas" y "El mundo sigue, Celina"de René del Risco Bermúdez.
En los años 70 encontramos, además de la citadino de la década anterior, el desasosiego polÃtico
y la ansia de libertad que sintió el paÃs a causa de la represión polÃtica del momento. Narradores
como Carlos Estaban Deive, José Alcántara Almánzar, Armando Almánzar RodrÃ-guez,
Diógenes Valdez, EfraÃm Castillo, Pedro Peix y Roberto Marcallé Abreu intentaron iluminar las zonas
tenebrosas que calcinaban las aspiraciones de cambios sociales del pueblo domi-nicano. Ese grupo de
cuentistas galardonado en numerosas ocasiones tanto en los concursos de Casa de Teatro como en los
premios nacionales otorgados por la SecretarÃa de Estado de Educación, se apropió del escenario
literario nacional durante todo el decenio de los 70 y parte de los 80.
Panorama histórico de la poesÃa dominicana
POESIA DOMINICANA. Tres obras fundamentales documentan las primeras actividades poé-ticas de
los nativos de La Española, iniciadas en la segunda mitad del siglo XVI. Ellas son: ElegÃas de varones
ilustres de Indias (1589), de Juan de Castellanos (1522-1607); Dis-cursos medicinales (obra inédita cuyo
manuscrito se encuentra en la Universidad de Salamanca), de Juan Méndez Nieto (1531-1616) y Silva
de poesÃa (obra también inédita depositada en la B-blioteca de la Real Academia de Historia de
Madrid), de Eugenio Salazar y Alar-cón (1530-1602)
En ElegÃas de varones ilustres de Indias, una extensa crónica compuesta de 113,609 versos Castellanos
destaca los acontecimientos más sobresalientes de la conquista del Nuevo Mun-do y menciona, sin incluir
textos de ellos, a los versificadores a Juan de Guzmán, Francisco de Liendo, Arce de Quirós y Diego de
Guzmán. Del mismo modo, Juan Méndez de Nieto se refiere, en Discursos medicinales, se refiere a la
condición de versificadores de Juan de Guzmán y Luis de Angulo.
Eugenio Salazar y Alarcón, por su parte, en la introducción a su Silva de poesÃa, da constan-cia de la
existencia de los versificadores Francisco Tostado de la Peña, El vira de Mendoza y Leonor de Ovando.
De Tostado de la Peña sólo se conoce un soneto escrito en 1573 cele-brando la llegada a La
Española de Salazar de Alarcón, nombrado Oidor de la Isla el 19 de junio ese mismo año. De Elvira
de Mendoza no sobrevivió nada y de Leonor de Ovando se conservan cinco sonetos y unos versos
sueltos, escritos entre 1574 y 1580 para responder a igual número de composiciones que les dedicó
Salazar en ocasión de diferentes festividades religiosas. El soneto de Tostado de la Peña carece de valor
literario; en cambio, los de Sor Leonor de Ovando, perteneciente al convento Regina Angelorum, testifican
la presencia de una lÃrica sostenida desde los primeros años de vida colonial dominicana..
Marcelino Menéndez y Pelayo, en su Historia de la poesÃa hispanoamericana, apenas le con-cede valor
bibliográfico a los textos poéticos de Sor Leonor de Ovando, ignorando con ello la riqueza descriptiva
de los motivos religiosos y la profundidad mÃstica de sus versos. Pelayo no advirtió en Leonor de
Ovando que su lÃrica respondÃa a la práctica común de los modelos vigentes en la España imperial
de entonces. Al respecto ha señalado Carlos Federico Pérez en Evolución poética dominicana â
€œDentro de las lÃneas del apremio clasicista a que propendÃa la poética de alto vuelo es posible
señalar en Leonor de Ovando particularidades de interés. El concepto mÃstico es una de ellas. La
sutileza conceptual obedece a los mismos intereses que en un orden más predominantemente retórico
produjeron las modalidades externas del barro-co literario, con su abuso de la metáfora, el neologismo y el
hipérbaton. El juego conceptual es parte de lo que luego serÃa el contenido del mismo fenómenoâ€�
(31). Además del juicio de Car-los Federico Pérez, Leonor de Ovando tiene privilegio de ser la primera
mujer del Nuevo Mundo en incursionar en el terrero de la poesÃa, anticipándose casi un siglo a la
destacada poeta y religiosa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz.
Con el pretexto de controlar el contrabando comercial de los piratas ingleses, holandeses y franceses que
azotaban a la Isla, en agosto de 1603 Felipe II ordenó despoblar y destruir la parte norte de Santo
Domingo. La orden real fue ejecutada por el gobernador Antonio Osorio, entre 1605 y 1606. Esa decisión
de la Corona fue fatal para La Española, cuya hegemonÃa cultural y polÃtica habÃa comenzado a
debilitarse, debido a que el descubrimiento de México y Perú desplazó hacia esas zonas del Nuevo
Mundo a muchos conquistadores deseosos de obtener gloria y fortuna. Un acontecimiento considerado por
muchos hispanófilos como singu-lar para el avance la naciente cultura dominicana ocurrió en el tercer
lustro del siglo XVII, la llegada de Tirso de Molina a La Española. Su participación con dos canciones,
tres glosas, dos romances y una canción real de cinco estancias en un certamen poético organizado en la
Isla el 8 de septiembre de 1615, del cual salió triunfador, le permitió obtener su primer triunfo importante
como escritor. No hay, sin embargo, ninguna evidencia de que su estancia en La Española (1515-1517)
influyera sobre los poetas isleños de entonces, pues el propósito de la misma era organizar los conventos
de su orden establecidos en la isla.
La figura literaria de mayor relieve del siglo XVII fue el prosista Luis Gerónimo de Alcocer (1598-
1665), autor de Relación sumaria del estado presente de la Isla Española en las Indias occidentales,
escrito hacia 1650. Alcocer no hace mención de poetas en su relación. No es sino hacia finales del siglo
que se dejan sentir los versificadores Tomasina de Leiva y Mosque-ra, Baltazar Fernández de Castro,
Francisco Melgarejo Ponce de León, Antonio Girón de Caste-llanos, Alfonso de Carvajal, Diego MartÃ
nez, Tomás RodrÃguez de Rosa y Diego de Alvarado, quienes dejaron constancia de su labor poética
en la introducción de la obra Antiaxiomas mo-rales, médicos, filosóficos y polÃticos (1682) Francisco
Diez de Leiva.
La decadencia cultural y económica de Santo Domingo en el siglo XVIII, motivada por el estado de
abandono a que sometió España a sus colonias hispanoamericanas, hizo que los escritores isleños
más valiosos abandonaron el paÃs en busca de un ambiente intelectual propicio para el desarrollo de sus
ideas. A ese suceso adverso se suman el cierre de la Uni-versidad Santiago de la Paz y el traspaso de la
parte oriental de la isla a Francia en 1795, me-diante el tratado de Basilea. El hecho más afortunado de
esta centuria es llegada de la impren-ta al paÃs, ocurrida a mediados de siglo, aunque el primer documento
impreso en Santo Do-mingo que se conserva (Novena para implorar la protección de MarÃa SantÃ
sima, por medio de su imagen Altagracia) data de 1800.
Antonio Sánchez Valverde y Ocaña (1729-1790) es el intelectual nativo más brillante del s-iglo
XVIII. Se destacó como historiador, escritor, sacerdote, polÃtico y orador, pero no como poe-ta. Sus
conocimientos de la historia, la geografÃa y las costumbres de La Española, desde el inicio de la vida
colonial hasta el siglo XVIII, quedaron plasmados en Idea del valor de la Isla Española (1785). En Idea
del valor de la Isla Española, Sánchez Valverde plantea, primero, la imposibilidad de separar la Isla
Española de España, pues entendÃa que ambos territorios formaban un sólo paÃs y, segundo, la
importancia de que el rey de España estuviera informado del valor material que todavÃa tenÃa La
Española para la Corona. Además de Idea del valor de la Isla Española, Valverde es autor de
Reflexiones sobre el estado actual del púlpito y medios de su reforma e instrucción a predicadores
(1781),El predicador (1782), Sermones panegÃricos y de misterios (1783), y La América vindicada de
la calumnia de haber sido la madre del mal venéreo (1785).
Otros autores importantes del siglo XVIII son Pedro AgustÃn Morell de Santa Cruz (1694-1768) y
Jacobo Villaurrutia (1757-1833). Santa Cruz dedicó gran parte de su vida al sacerdocio, llegando a
ocupar los obispados de Cuba y Nicaragua. Historia de la Isla y catedral de Cuba y Vista apostólica,
topográfica, histórica y estadÃstica de todos los pueblos de Nicaragua y Costa Rica son el fruto de sus
misiones religiosas en esos paÃses. Villaurrutia, por su parte, se edu-có en México y España, fue
Oidor de Guatemala y Presidente del Supremo Tribunal de Justicia de México. Escribió Pensamiento
escogidos de las máximas filosóficas del emperador Marco Aurelio (1876). La producción poética
criolla fue prácticamente nula en el siglo XVIII, debido al predominio del racionalismo y al interés de
nuestros escritores por la ciencias y por la historia. Entre los pocos versificadores que sobrevivieron de esta
centuria se menciona al banilejo de Pedro José Peguero, a quien los crÃticos e historiadores literarios
dominicanos le otorgan más mérito como imitador que como creador.
En enero de 1801 Toussaint Louverture invadió la parte española de la isla posesionando a su
hermano Paul Louverture como gobernador de Santo Domingo. La inestabilidad polÃtica, social y
económica que produjo dicho acontecimiento obligó a muchos intelectuales criollos a abandonar el paÃ
s, especialmente a Cuba, México y Venezuela. Los descendientes de varios es esos emigrantes legaron
obras valiosas a los paÃses receptores, como ocurrió con José MarÃa Heredia y Heredia, llamado el
Cantor del Niágara, nacido en Cuba en 1803 y su primo José MarÃa Heredia, autor de los elogiados
sonetos Los trofeos, nacido también en Cuba en 1842. En 1809 España reconquista la parte de la isla
controlada por los franceses, produciéndose asà un renacer de las actividades culturales y educativas.
La Universidad Santo Tomás de Aquino restableció la docencia (1815) y surgieron los primeros
periódicos criollos, El telégrafo constitucional de Santo Domingo (1821), dirigido por Antonio MarÃa
Pineda y El Duende (1821) bajo la dirección de José Núñez de Cáceres. Corresponde a Núnez
de Cáceres también el honor de ser el primer fabulista dominicano y el dirigir el primer intento de
independencia nacional.
En la fábula “La araña y el águila� de Núñez de Cáceres retrata la sociedad isleña de
su época señalando las debilidades, defectos, aciertos y desaciertos de las autoridades de turno. Otro
poeta que dio a conocer sus versos a través de El Telégrafo Constitucional fue Antonio MarÃa
Pineda. También surgieron poetas populares que se dedicaron a satirizar la situación polÃtica del
momento. De ellos el más ingenioso fue Manuel Mónica (Meso Mónica), un anal-fabeto de oficio
zapatero oriundo de Santo Domingo que según sus contemporáneos aprendió el arte de versificar
escuchando a los profesores universitarios dictar cátedras de filosofÃa y poética.
Luego del frustrado proyecto independentista de 1821, encabezado por José Núñez de Cá-ceres,
el paÃs cayó nuevamente bajo el dominio haitiano por 22 años (1822-1844). Durante el perÃodo de
ocupación las actividades culturales y artÃsticas se redujeron considerablemente en el paÃs. La mayorÃ
a de las escuelas y universidades volvieron a suspender indefinidamente sus cátedras, los periódicos
fueron clausurados y el poco material de lectura que circulaba en el territorio nacional estaba controlado por
el gobierno. Por segunda vez en el todavÃa naciente siglo, numerosos dominicanos ilustres salieron del
paÃs hacia Puerto Rico, Cuba, Venezuela y España. Algunos de ellos, como los hermanos Javier y
Alejandro Angulo Guridi, aportaron valiosos textos a la literatura cubana.
En 1838 los ideólogos del movimiento independentista fundaron la sociedad secreta La tri-nitaria y
paralelo a ésta La filantrópica. La primera tenÃa como objetivo ganar adeptos para la lucha liberadora
y la segunda, mantener al pueblo informado, mediante recitales poéticos, representaciones teatrales y
otros tipos de actividades artÃsticas, del programa polÃtico de los trinitarios. Juan Pablo Duarte fue el
gran ideólogo del movimiento emancipador que derrotó al ejército haitiano en 1844. A partir de ese
mismo año surgen los llamados “Poetas de la inde-pendencia�, Duarte uno de los iniciadores de
dicho movimiento. Sin embargo, la primer escritor importante de ese grupo fue Felix MarÃa del Monte.
Desde muy joven Del Monte se incorporó al movimiento independentista. Como patriota estuvo afiliado a
la sociedad secreta La Trinitaria, participó en la gesta de la Puerta del Conde y del 27 de febrero de 1844.
Fundó los periódicos El Dominicano (1845) y El Provenir (1854) y colaboró con el ListÃn Diario. La
mayor parte de sus escritos son de carácter patriótico, destacándose entre ellos: las letras del primer
himno nacio-nal dominicano (1844), La vÃrgenes de Galindo y Duvergé o las vÃctimas del 11 de abril.
Figura entre los primeros dramaturgos criollos que incorporó la desaparecida raza indÃgena quisque-yana
a la literatura nacional. Otros poetas notables de ese perÃodo son Manuel MarÃa Valencia, los hermanos
Javier y Alejandro Angulo Guridi, Nicolás Ureña de Mendoza. Los textos de estos poetas, influenciados
generalmente por el espÃritu romántico vigente en América Latina, apa-recen los primeros balbuceos
de lo que posteriormente será la literatura nacional.
Pedro Santana, quien se alió al grupo de los independentistas para expulsar a las tropas invasoras del
paÃs, fue el primer presidente constitucional de la recién instaurada República (1844-1848). Luego le
sucedió Buenaventura Báez (1849-1853), retornando nuevamente a la presidencia en dos ocasiones
más (1853-1856) y (1857-1861). Poco tiempo después de asu-mir el poder, Santana entró en
conflicto con muchos de sus seguidores y con los principales integrantes del grupo duartista, enviando a
varios de ellos al exilio. A los independentis-tas les resultó difÃcil conformar y mantener un gobierno que
consolidara sus ideales libertarios y sus anhelos de establecer definitivamente el Estado dominicano. Pues
mientras ellos se esforza-ban por implementar un programa polÃtico-social que respondiera a las
demandas de la naciente República, los sectores más recalcitrantes del conservadurismo nacional susten-
taban la tesis de que la independencia nacional era un proyecto insostenible por sà mismo.
Ante esa situación el propio Santana propuso la anexión de la isla a España. Su propuesta prosperó
y el 18 de marzo de 1861 fue proclamada, en la ciudad de Santo Domingo, la anexión de la República
Dominicana a España. La acción de Santana fue repudiada inmediatamente en numerosos estratos
sociales de la población. Ello dio origen a un movimiento antianexio-nista formado por escritores, polÃ
ticos, intelectuales, patriotas y militares, propulsores de un amplio proyecto revolucionario que culminó en
la guerra de la Restauración. En efecto, el 16 de agosto de 1863 los patriotas anti-anexionistas,
comandados por Santiago RodrÃguez y refor-zado, en la zona del Cibao, por Gregorio Luperón,
enfrentaron a las tropas españolas. Después de varios encuentros sangrientos, en los que hubo bajas en
ambos bandos, el 11 de julio de 1865, los restauradores expulsaron a los españoles del territorio
dominicano dejando defin-itivamente consolidada la independencia nacional. A pesar del triunfo de los
revolucionarios, la República Dominicana entró en una difÃcil y compleja etapa polÃtica. Los
conflictos entre conse-rvadores y liberales no cesaron y la dirección del paÃs pasó indistintamente de un
partido a otro. Los perÃodos de gobierno fueron tan cortos que entre 1865 y 1900 hubo alrededor de
treinta presidentes y unas diez juntas gubernativas. La actividad polÃtica se convirtió, entonces, en una
práctica común entre escritores e intelectuales.
La inestabilidad social generó inseguridad y pesimismo en la gran parte de la población induciendo a
muchos dominicanos de alta y mediana formación cultural y académica a pasar de un partido a otro,
dependiendo de la oferta que les hiciera el gobierno de turno. Ese pesi-mismo y vacilación se
manifestarán luego en la producción literaria de un número considerable de artistas e intelectuales de la
segunda mitad del siglo XIX quienes, independientemente de su posición ideológica y de su filiación
partidaria, no lograron desarticular los reductos de la cultura colonizadora que aún prevalecÃan en el
paÃs. Eso no impidió, sin embargo, la aparición de voces radicales que asumieron la defensa de la patria
con fervor y entusiasmo naciona-listas. Tales son los casos de los poetas José JoaquÃn Pérez y
Salomé Ureña de HenrÃquez y del historiador José Gabriel GarcÃa. Si los polÃticos liberales y
los patriotas dominicanos del siglo XIX tuvieron que vencer muchas dificultades para ver al paÃs
establecerse como nación libre, el triunfo no fue solamente de quienes fueron al campo de batalla a
combatir al enemigo con las armas, los escritores también aportaron sus ideas al proceso de liberación
nacional. Pero, de igual manera, éstos tuvieron que sobreponerse a las adversidades creadas por los
sectores polÃticos y culturales más conservadores de la sociedad dominicana de entonces.
Luego de obtenida la independencia polÃtica surgió un nutrido grupo de poetas, cuentistas,
dramaturgos, novelistas e historiadores que pusieron su arte al servicio del pueblo. La patria se convirtió,
entonces, en tema recurrente. Los escritores de la época, testigos directos de las luchas emancipadoras,
comenzaron a exaltar la grandeza de la novel nación y a revisar los desaciertos de la colonización. La
mejor muestra de eso es la poesÃa patriótica de Salomé Ureña de HenrÃquez, José JoaquÃn
Pérez, Gastón Fernando Deligne y la prosa costumbrista de César Nicolás Penson.
Desafortunadamente, muchos escritores de orientación liberal, for-mados ideológicamente dentro de los
movimientos emancipadores de 1844 y 1863, no pu-dieron substraerse de la herencia literaria de un imperio
que, como el español, habÃa trazado la polÃtica cultural dominicana durante más de tres siglos. La
razón es sencilla: el pueblo domi-nicano, como otros muchos paÃses de América Latina, logró la
independencia polÃtica, no la independencia cultural.
Las primeras manifestaciones modernistas llegan tardÃamente al a finales del siglo XIX. Los primeros
textos modernistas dominicanos son Ars nova scribendi (1897), de Gastón Fer-nando Deligne; Ave única
(1898), de Bartolomé Olegario Pérez y en algunas de las composi-ciones del poemario Contornos y
relieves (1899), de José JoaquÃn Pérez. De 1898 es también el libro de ensayo Notas y escorzos,
de Tulio Manuel Cestero quien exaltó el carácter innovador de la producción poética de varios
escritores y poetas modernistas latinoamericanos, entre ellos José Enrique Rodó, José MarÃa
Vargas Vila y Rufino Blanco Fombona. Todos esos poetas usaron en sus composiciones varios de los
recursos métricos empleados por los modernistas, pero ninguno de ellos alcanzó el nivel estético del
discurso lÃrico patentizado por Rubén DarÃo.
Se le atribuye a Pedro HenrÃquez Ureña la autorÃa del primer poema realmente modernista
difundido en la República Dominicana, Flores de otoño (1901). Sin embargo, las tres voces más
representativas del modernismo dominicano son ValentÃn Giró, Osvaldo Bazil y Ricardo Pérez
Alfonseca. Giró, quien se inició con Ecos mundanos en 1902, se consolidó como mo-dernista en 1907
cuando su soneto “Virginia� fue premiado por la Sociedad Casino de la Juventud en los Juegos flores
de ese año celebrados en San Pedro de MacorÃs. Pese a que el modernismo dominicano comenzó a
debilitarse hacia 1921 con la aparición el Postumismo, todavÃa en tercera década del siglo XX
muchos casos escritores dominicanos continuaron fieles la escuela rubendaria.
El siglo XX marca la llegada de la poesÃa moderna a la literatura dominicana. El punto de partida es
Vigil DÃaz, responsable del primer acercamiento de la poesÃa dominicana a las corrientes de
vanguardias. Por medio del Vedrinismo Vigil DÃaz inicia el divorcio de la poesÃa dominicana con la
métrica tradicional española y despierta el interés renovador de sus segui-dores inmediatos, los
postumistas, quienes apoyados en la inquietud transformadora y nacio-nalista que los caracterizó alejaron
la lÃrica nacional de los motivos foráneos derivados del romanticismo y el modernismo.
Los postumistas lucharon por una poesÃa en la que el hombre dominicano fuera su principal protagonista.
A partir del Postumismo la poesÃa dominicana crece, se engrandece rápidamente y surgen las voces
más nÃtidas y certeras de la lÃrica nacional: Tomás Hernández Franco, Ma-nuel del Cabral,
Héctor Incháustegui Cabral y Pedro Mir. Todos poetas independientes, vÃcti-mas, de una manera u
otra, de la tiranÃa trujillista que los obligó a vivir por largos años en el extranjero. A ellos siguieron:
Franklin Mieses Burgos, AÃda Cartagena PortalatÃn, Freddy Gatón Arce, Manuel Rueda, Antonio
Fernández Spencer, entre otros, quienes usando como lema "PoesÃa con el hombre universal", libraron
desde su reducido espacio isleño, una lucha si-lenciosa pero, al mismo tiempo, significativa contra el
régimen de Trujillo.
La Generación del 48 agrega cinco poetas importantes a la bibliografÃa poética dominicana:
Abelardo Vicioso, Máximo Avilés Blonda, Lupo Hernández Rueda, VÃctor Villegas y Luis Alfredo
Torres, herederos de los postumistas y de los sorprendidos. Los poetas del 48 utilizaron un lenguaje más
directo y desnudo que sus antecesores y trataron de encaminar su discurso poético hacia la búsqueda
de lo dominicano-universal. La poesÃa de los cuarentiochistas alcanza su mayor desarrollo después de
la muerte de Trujillo.
A la Generación del 48 le sigue la Generación del 60, aparecida a raÃz del asesinato de Tru-jillo, en
1961. La poesÃa de la Generación del 60 difiere notablemente de toda la poesÃa pro-ducida en el paÃ
s hasta ese momento. La desaparición de la maquinaria trujillista, que condujo a la juventud de la época
a plantearse un alejamiento total de todo lo que estuviera ligado al trujillato, y el repudio a la segunda
intervención norteamericana al paÃs, ocurrida en 1965, dieron como resultado una poesÃa que casi
siempre sacrificó su valor estético y su calidad artÃstica a cambio de poder expresar abiertamente las
inquietudes sociales y las aspira-ciones polÃticas del pueblo. Entre las voces representativas de ese perÃ
odo cabe destacar a René del Rico Bermúdez, Miguel Alfonseca, Enriquillo Sánchez, Jeannette Miller,
Norberto James, Andrés L. Mateo, Mateo Morrison, Tony Raful, Soledad Alvarez, Alexis Gómez
Rosa, Chiqui Vicioso, José Enrique GarcÃa, Radhamés Reyes Vásquez y Cayo Claudio Espinal,
entre otros.
La Generación del 80 es el más reciente grupo de poetas dominicanos. Su estética se aleja
considerablemente del discurso poético de los sesentistas, sus antecesores inmediatos. Co-menzaron a
publicar a partir de 1978, cuando finalizó el perÃodo de los doce años del gobierno de JoaquÃn
Balaguer. Los talleres literarios han ofrecido a los ochentistas, mediante el análisis de textos, la lectura
constante, la crÃtica objetiva y el acercamiento a otras tendencias y corrien-tes poéticas internacionales,
la oportunidad de asumir el trabajo creativo como una actividad que está por encima de la simple
reproducción de la realidad polÃtica y social.
Si la Guerra de abril de 1965, más la tensión social que vivió la República Dominicana du-rante la
primera etapa del gobierno de JoaquÃn Balaguer, denominado "PerÃodo de los doce años" (1966-
1978), sirvieron de alicientes a los poetas de la Generación del 60 y Post-guerra para la revisión de los
modelos artÃsticos y culturales establecidos por el régimen trujillista y sus sucesores; la victoria electoral
del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) marcó el cierre del discurso poético generado por ambos
episodios. En efecto, con el ascenso al poder del PRD quedaron atrás las presiones polÃticas y las
persecuciones ideológicas que habÃan generado el carácter belicista de las artes nacionales.
PolÃticos, intelectuales, artistas y escritores vieron en el régimen recién instaurado una nue-va luz
para los dominicanos, y la oportunidad de ayudar, desde un puesto público, a los sec-tores desposeÃdos
a obtener lo que la administración anterior les habÃa negado por muchos años: tranquilidad e igualdad
social y mejores condiciones económicas. Pero la luz no resultó tan resplandeciente como ellos y otros
esperaban, el PRD hizo un gobierno populista. Muchos de los que anhelaban llegar a la cúspide, para
poner en práctica sus nobles ideales revolu-cionarios, se petrificaron detrás de los escritorios o se
dejaron arrastrar por la ambición eco-nómica y la fuerza arrolladora del poder. La mala administración,
el despilfarro general y la corrupción que les censuraron a sus adversarios polÃticos del gobierno anterior
se adueñaron de ellos y, repentinamente, muchos dominicanos vieron desplomarse toda posibilidad de
progreso entrando, por consiguiente, en un grave estado de crisis espiritual y de reflexión.
Fruto de ese estado de crisis es el grupo de poetas que reemplaza a la Generación del 60 y a los Poetas
de Post-guerra: la Generación de los 80. Estos poetas, que para 1978 eran prác-ticamente adolescentes
y apenas comenzaban a ensayar sus primeros versos, tuvieron que enfrentarse a todas las dificultades que
implicaba vivir en un paÃs lleno de conflictos sociales, morales y espirituales. Refiriéndose a la compleja
situación del momento, Miguel de Mena expresa: "surgió una honda preocupación por la finitud del ser,
por la muerte, por la metafÃsica de las costumbres y el heracliteano baño, que no es el mismo nunca. El
absurdo en unos, el nihilismo en otros, esperanzas en nuevo orden en el inconsciente de todos, el sentimiento
de consumación de los tiempos y las respuestas a las farsas de nuestra época" (Poetas de la crisis, 5).
La lista de los integrantes de la Generación de los 80 es inmensa y la mayorÃa de ellos pro-vienen de los
talleres y grupos literarios surgidos desde el inicio de esa década, tanto en Santo Domingo como en
varios pueblos del interior del paÃs. Los talleres han ofrecido a los ochen-tistas, mediante el análisis de
textos, la lectura constante, la crÃtica objetiva y el conocimiento de otras tendencias poéticas
internacionales, la oportunidad de asumir el trabajo creativo como una actividad que está por encima de la
simple reproducción de la realidad polÃtica y social que caracterizó la producción de sus antecesores
inmediatos. De esos talleres literarios el César Vallejo fundado, en 1979 por Mateo Morrison y adscrito
al Departamento de Extensión Cultural y Difusión ArtÃstica de la Universidad Autónoma de Santo
Domingo, ha desempeñado un papel protagónico entre los demás y de él han salido la mayorÃa de
las voces más destacadas y representativas de dicha generación: José Mármol, Plinio ChahÃn,
Tomás Castro, Dionisio de Jesús, Juan Manuel Sepúlveda, César Augusto Zapata y José Acosta.
Otros talleres y grupos, de menor nombradÃa y duración, tales como el Francisco Urondo, Colectivo
de escritores Y... punto, Domingo Moreno Jimenes, Tomás Hernández Franco, Franklin Mieses Burgos,
Octavio Guzmán Carretero, Juan Sánchez Lamouth y El CÃrculo de mujeres poetas, han añadido
nombres de valÃa a esta generación, entre ellos: Pedro Ovalles, José Alejandro Peña y Adrián
Javier. Es una poesÃa que está más cerca de los sorprendidos Rafael Américo HenrÃquez, Franklin
Mieses Burgos y Freddy Gatón Arce o del independiente Manuel del Cabral que de cualquier
representante de la poesÃa sesentista o de post-guerra.
La presencia de voces femeninas en la Generación de los 80 es abundante y muy significativa. Por
primera vez la literatura dominicana registra tantos nombres de mujeres poetas y escritoras. El amplio
espacio ocupado por AÃda Cartagena PortalatÃn y Carmen Natalia MartÃnez, únicas protagonistas
del escenario poético nacional de todo el siglo hasta los años 60, se convirtió también, entre 1960 y
1980, en el espacio de Jeannette Miller, Chiqui Vicioso y Soledad Alvarez. Luego, en la década de los
80, se desplazarán en ese mismo terreno, Sabrina Román, Mayra Alemán, Carmen Imbert Brugal, Sally
RodrÃguez, Carmen Sánchez, Martha Rivera, Miriam Ventura, Marianela Medrano, Aurora Arias e
Ylonka Nacidit Perdomo.
Para la mayorÃa de los poetas dominicanas de los 80, escribir no sólo conlleva el enfrenta-miento con la
página en blanco. Se nota en ellas, en concordancia con la producción de otras poetas latinoamericanas
de la misma época, un insistente cuestionamiento al papel de ente pasivo asignado por la sociedad
patriarcal a la mujer, asà como una evidente preocupación por transformar la imagen de objeto sexual,
madre perfecta y ama de casa sacrificada y entregada al hogar, cualidades que durante muchos siglos han
servido de parámetro para valorizar a la mujer y justificar su existencia como ser humano. Es una escritura
de compromiso, contestaria, que además de ser femenina, en algunas de sus voces se hace feminista.
Panorama histórico del teatro dominicano
TEATRO DOMINICANO. El teatro dominicano surge formalmente con los llamados escritores de la
independencia, cuya producción abarca la segunda mitad del siglo XIX Sin embargo, des-de el siglo XVI
hubo representaciones teatrales en La Española. Las crónicas de Bartolomé de las Casas y de
Gonzalo Fernández de Oviedo, asà como las historias literarias nacionales dan cuenta de la
representación de un entremés del sacerdote nativo Cristóbal de Llerena titulado “Octava de
Corpus Cristo�, escenificado el domingo de adviento de 1511 por un grupo de sus alumnos. El
contenido satÃrico y la censura de dicho entremés a las autoridades españolas establecidas en Santo
Domingo por el mal trato que éstos les dispensaban a los indÃgenas, motivaron la expulsión de Llerena
del paÃs. Las devastaciones de gran parte del territorio quis-queyano ejecutadas por Antonio de Osorio
entre 1605 y 1606, la división de Santo Domingo entre Haità y la República Dominicana mediante el
tratado de Riswick en 1697, y casi un siglo después la cesión de la Isla a Francia mediante el tratado de
Basilea de 1795 redujeron con-siderablemente la producción literaria de los siglos XVII y XVIII,
particularmente la teatral. Entre 1616 y 1618 vivió en Santo Domingo el destacado dramaturgo español
Tirso de Molina, a quien la mayorÃa de los historiadores de la cultura dominicana han atribuido
erróneamente grandes aportes a las letras dominicanas. Sin embargo, ningunas de sus piezas dramáticas
fueron escritas en ni representadas en Santo Domingo. Su estadÃa en la isla se limitó a la organiza-ción
del Convento de las Mercedes, establecido en la Isla en 1514, y a escasas participaciones en juegos florales
de la época. Algunos de sus poemas apenas aluden situaciones domini-canas. Durante los siglos XVII y
XVIII prevaleció la representación de obras españolas de orien-tación religiosa protagonizadas por
estudiantes del Seminario Conciliar. Las iglesias fungieron como teatros, pero la incorporación de
elementos paganos en dichas escenificaciones disgus-tó a las autoridades eclesiásticas quienes, bajo el
pretexto de preservar la moral cristiana, promulgaron células reales, como la dictada por Francisco
Segura Sandoval en 1680, que prohibÃan la escenificación de comedias por la noche. El panorama de la
primera mitad del XIX no es más halagüeño que el de los siglos anteriores. La inestabilidad polÃtica,
fruto de la invasión haitiana de 1822-1884 y del movimiento emancipador dominicano de 1844, práctica-
mente sepultó las actividades culturales y las representaciones teatrales durante ese medio siglo. Los
patriotas que motivados por Juan Pablo Duarte y sus compañeros de lucha vieron en las actividades
teatrales la vÃa para más idónea para fortalecer la causa liberadora del pueblo dominicano,
escenificaron obras escritas por autores extranjeros. No es sino a partir del movimiento Restaurador de
1863, encabezado por Santiago RodrÃguez y reforzado en la zona del Cibao por Gregorio Luperón,
cuando el teatro criollo toma impulso.
El iniciador del teatro criollo fue Félix MarÃa del Monte (1819-1899). Se destacó como poeta,
dramaturgo y patriota. Escribió las letras del primer himno nacional dominicano, estuvo afiliado a la
sociedad secreta La Trinitaria y combatió en la gesta independentista de la Puerta del Conde, el 27 de
febrero de 1844. Sus obras teatrales más divulgadas y representadas son Duvergé o las vÃctimas del
11 de abril, El mendigo de la catedral de León, El vals de Strauss, El premio de los pichones y El último
abencerraje. Del Monte figura también entre los primeros dramaturgos criollos que incorporó el tema del
indÃgena quisqueyano a la literatura nacional con su obra Ozema o la joven indiana. Pero su
interpretación del indÃgena, a quien idealiza sin distanciarlo de las garras del invasor español,
contradice su práctica polÃtica liberal. Sus personajes indÃgenas rechazan su origen social y admiran,
anonadados, la belleza fÃsica y el desarrollo tecnológico de los españoles. Es decir, no ven al opresor
como a un verdugo, sino como a un enviado de Dios en misión redentora. A esa tendencia, conocida como
indianista, se sumaron escritores importantes de entonces como Javier Angulo Guridi, autor del drama
histórico Iguaniona (1867), José JoaquÃn Pérez, cuyo poemario FantasÃas indÃgena (1877)
representa la cima de dicha tendencia y Salomé Ureña, quien publicó su extenso poema dramático
Anacaona en 1880. Aunque generalmente ignorado por los estudiosos del teatro dominicano, Ulises
Heureaux (1870-1938), hijo del dictador dominicano del mismo nombre, fue el dramaturgo más prolÃ
fico y habilidoso de su época y el mejor conocedor de los recursos y las técnicas teatrales. Muchas de
sus obras, entre ellas El grito de 1844, De director a ministro y La muerte de Anacaona contienen un alto
sentido patriótico. También es autor de la comedia El jefe, la fuga de Clarita. Otras dos obras
patrióticas, con las que cierra el periodo que antecede a la llegada de Trujillo al poder, son Los Yankis en
Santo Domingo y Una fiesta en el Castine, ambas de Rafael Damirón.
Pese a la creación de la Escuela de Arte Nacional, hoy Escuela Nacional de Bellas Artes, en 1946,
durante los 31 años de la dictadura trujillista la producción teatral dominicana fue exigua. Del reducido
grupo dramaturgos de esas tres décadas brilla Franklin DomÃguez, ganador en siete ocasiones del
Premio Nacional de Teatro otorgado por la Secretar'ia de Estado de Educa-ción y Cultura. DomÃnguez
es autor de más de 50 piezas, pero el grueso de su procucción está concebida con una visión muy
enraizada dentro de las técnicas y normas del teratro tradicional. Su teatro oscila entre la comedia y la
sátira polÃtica, siendo el monologo El ultimo instante, Li-sistrada odia la polÃtica, Se busca un hombre
honesto y La broma del senador, las más difun-didas y representadas.
Panorama histórico del ensayo dominicano
ENSAYO. Escrito en prosa sobre un tema especÃfico sin pretensiones cientÃficas ni conclu-sión
definitiva. El término ensayo fue usado originalmente para designar aquellos escritos ex-perimentales que
oscilaban entre la ciencia y la literatura. Pero esa concepción ha ido cam-biando paulatinamente, al
extremo de que en la actualidad se le da categorÃa de ensayo a aquellos textos que mediante la
exposición, la discusión y la evaluación de un tema determi-nado pretende validar la tesis expuesta en el
mismo. El iniciador del género fue el francés Mi-guel de Montaigne (1533-1592), quien en 1580
publicó una serie de escritos sobre sus confe-siones personales titulado Essais (Ensayos). Posteriormente,
en 1597, el inglés Francisco Bacon (1561-1626) dio a la publicidad su obra Ensayos, meditaciones
religiosas, tópicos de persuasión y de discusión. Entre otros propulsores europeos del ensayo
sobresalen: Joseph Addison (1672-1719), Gaddhold Lessing (1729-1781), Johann Goethe (1749-1832),
Tomás Carlyle (1795-1881), Tomás Macaulay (1800-1859), Hipólito Taine (1828-1893), Paul
Valery (1871-1945), Thomas Mann (1875-1955) y Gyorgy Lukacs (1885-1971).
En España, donde el ensayo toma verdadero cuerpo en el siglo XIX, han ganado fama co-mo
ensayistas Angel Gani-vet (1865-1898), Miguel de Unamuno (1864-1936), José Ortega y Gasset (1883-
1955) y Amé-rico Castro (1885-1972). Hispanoamérica, por su parte, ha dado fi-guras de la talla de
Juan Montalvo (1833-1889), José Martà (1853-1895), José Vasconcelos (1881-1959), Pedro
Henr-Ãquez Ureña (1884-1946), José Carlos Mariátegui (1895-1930), Oc-tavio Paz (1914-1998)
y Roberto Fernández Retamar (1930). En República Dominicana, como en casi todo el que resto de
América Latina, el ensayo surge formalmente en la segunda mitad del siglo XIX y adquiere notoriedad en
el XX. Su orientación ha sido tradicionalmente histórica, polÃtica, sociológica y literaria. Es difÃcil
fijar el punto de partida del ensayo dominicano, pues antes de que dicho género alcanzara cierto nivel de
madurez en el paÃs, hubo un grupo consi-derable de escritores que expresaron sus inquietudes polÃticas,
sociales y literarias a través de la prosa ensayÃstica. Los ideales revolucionarios de los independentistas
y los restauradores, asà como el arribismo y el antinacionalismo de los intelectuales conservadores
dominicanos de la segunda mitad del siglo XIX predominan en los escritos periodÃsticos de los más valio-
sos representantes de la primera oleada de ensayistas nacionales. Los artÃculos de Alejandro Angulo
Guridi (1816-1884), particularmente los publicados en los semanarios El Orden, La Re-pública, La
Reforma y El Progreso y reunidos posteriormente en su obra Temas polÃticos (1891), reflejan el nivel de
desajuste polÃtico de la sociedad dominicana de su época. Aunque menos profundo que Guridi en el
análisis de temas polÃticos, pero más hábil que muchos de sus coetáneos en la percepción de las
costumbres y los males sociales locales, Ulises Francisco Espaillat (1823-1878) motivó a muchos de sus
acólitos a cultivar la prosa periodÃs-tica. Labrados con un estilo fluido y ameno, pero de ingrato recuerdo
para el pueblo domini-cano por su contenido alienante y pesimista, fueron los editoriales anexionistas del
periódico La Razón firmados por Manuel de Jesús Galván (1834-1910) los cuales fueron complemen-
tados años después con su defensa a Pedro Santana divulgada en los semanarios Oasis y Eco de la
Opinión. Otra figura importante en esa etapa embrionaria de la ensayÃstica nacional fue Manuel de
Jesús Peña y Reynoso (1834-1915), autor de ensayos sobre la novela Enriquillo, de Manuel de Jesús
Galván y FantasÃas indÃgenas, de José JoaquÃn Pérez. Pero el más notable ensayista literario
dominicano del siglo XIX y de las dos primeras décadas del XX fue Federico GarcÃa Godoy, quien
inició su labor crÃtica en 1882 en el periódico El Porvenir exten-diéndose hasta el momento de su
muerte, ocurrida en 1924. Sus opiniones fueron difundidas en importantes revistas y periódicos nacionales
y extranjeros y en sus obras Perfiles y relieves (1907), La hora que pasa (1910), Páginas efÃmeras
(1912), El derrumbe, 1916 y Americanismo literario (1918). José Ramón López (1866-1922),
aferrado originalmente a la propuesta gastro-nómica que asocia el triunfo de los pueblos al tipo de
alimentación de sus habitantes, figura entre los primeros de un connotado número de intelectuales
nacionales que como Américo Lugo (El Estado dominicano ante el derecho público, 1916 y El
nacionalismo dominicano, 1923), Francisco Moscoso Puello (Cartas a Evelina, 1941), Manuel Arturo
Peña Batlle (La isla de la Tortuga), Juan Isidro Jimenes Grullón (La República Dominicana,: una
ficción, 1965), JoaquÃn Balaguer (La isla al revés, 1983) y Juan Bosch (El pentagonismo, sustituto del
impe-rialismo, 1963 y David, biografÃa de un rey, 1968), se disputaron las diversas corrientes ideoló-
gicas de la ensayÃstica isleña. De ellos, Peña Batlle, Moscoso Puello y Balaguer, supeditaron su
producción a la corriente denominada pesimismo dominicano, la cual partÃa de la creencia conservadora
de que la República Dominicana era incapaz de desarrollarse por sà misma. Otros, en cambio, como
Juan Isidro Jimenes Grullón y Juan Bosch se apoyaron en el discurso sociológico e histórico para revisar
muchos y rectificar muchos de los planteamientos de sus predecesores inmediatos.
Actualmente en los ensayistas dominicanos de temas históricos y sociológicos prima el interés por
deslindar el concepto de nacionalidad, los conflictos raciales y la función social de los intelectuales locales.
Los ensayos de Manuel Núñez (El ocaso de la nación dominicana, 1990), Andrés L. Mateo (Mito y
cultura en la era de Trujillo, 1993), José Rafael Lantigua (La conjura del tiempo, 1994) y Federico
HenrÃquez Gratereaux (Un ciclón en una botella, 1996) son ejemplos notables de dicha tendencia.
Otros, como Miguel Guerrero (Los últimos dÃas de la era de Trujillo, 1995, La ira del tirano, 1996 y
Trujillo y los héroes de junio, 1996) y Mu-Kien Adriana Sang (Ulises Heureaux: biografÃa de un
dictador, 1987, Buenaventura Báez, el caudillo del Sur, 1991 y Una utopÃa inconclusa: Espaillat y el
liberalismo dominicano del siglo XIX, 1997) han encontrado en el pasado histórico la vÃa idónea para
revisar muchos capÃtulos nebulosos de la historia nacional, especialmente los relacionados con el papel
jugado por varios de los dictadores dominicanos.
Desde inicio del siglo XX, el ensayo literario comienza a ganar terreno. Surgen, entonces, las voces de
Pedro HenrÃquez Ureña (Ensayos crÃticos, 1905, Seis ensayos en busca de nuestra expresión, 1927,
Literary Currents en Hispanic América, 1946), Max HenrÃquez Ureña (Breve historia del
modernismo, 1964), Camila HenrÃquez Ureña (Apreciación literaria, 1964) y Antonio Fernández
Spencer (Ensayos literarios, 1960) quienes asumen, por primera vez en la historia de las letras dominicanas,
el análisis y la crÃtica literarias con objetividad cientÃfica. Exceptuando a Bruno Rosario Candelier (Lo
culto y lo popular en la poesÃa dominicana, 1979, La imaginación insular, 1984 y La creación
mitopoética, 1989), Diógenes Céspedes (Seis ensayos sobre poética latinoamericana, 1983,
Estudios sobre literatura, polÃtica Lenguaje y poesÃa en Santo domingo en el siglo XX, 1985, PolÃ
tica de la teorÃa del lenguaje y la poesÃa en América Latina en el siglo XX, 1995), José Alcántara
Almánzar (Estudios de poesÃa dominicana, 1979), Daisy Cocco De Filippis (Estudios semióticos de
poesÃa dominicana, 1984) y Manuel Matos Moquete (El discurso teórico en literatura en América
Hispánica, 1983 y En la espiral de los tiempos, 1998), la más reciente promoción de ensayistas
literarios nacionales, entre ellos: Manuel Mora Serrano, Miguel Angel FornerÃn, José Enrique GarcÃa,
etc. han desarrollado una invaluable labor en la prensa nacional como articulistas, reseñadores de libros y
cronistas literarios.
Panorama histórico de la novela dominicana
Fuente: http://www.geocities.com/tpoeticos/delanovela.html