El capital de la ciudad del mundo
¡Cuanto costó un día trágico de 1911en New York!
Por Eramis Cruz
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La mejor definición del término dinero la aprendí en el movimiento
sindical, que dicta que el dinero es trabajo acumulado,
independientemente de quien lo posea, y hay quien tenga el
dinero que no consumirá en toda su vida ni en la próxima vida, si
es que hay otra después de esta.  La ciudad de Nueva York es la
capital del mundo porque también posee el capital más grande
del mundo.  Al investigar la historia de esta babel de hierro uno
descubre que detrás están los músculos de los hombres y
mujeres de trabajo que han contribuido a construirla y en ese
proceso han protagonizado los episodios inolvidables que
determinan grandes tragedias humanas.

Para la primera década del siglo 20 eran muchos los centros de
trabajo de la industria del vestido en la parte baja de Manhattan,
las condiciones de trabajos eran dignas de pena, y la falta de
organización sindical hacía más difícil la lucha contra los
propietarios explotadores.  Sin un sindicato para negociar un
contrato de trabajo para proteger los trabajadores, que en la
industria de la aguja eran principalmente mujeres. Los patronos
eran inmisericordes en su empeño por obtener más ganancias
(plusvalía).  No cumplían con las regulaciones, especialmente
porque contaban con la indiferencia de los organismos oficiales
llamados a proteger a los trabajadores y aplicar la ley.

Los hombres y las mujeres trabajamos por una razón muy
importante que es la necesidad en su diferente categoría y
connotaciones.  Pero hay necesidades que pueden definirse
fundamentales: la de alimento, vestido y medicina.  Se puede
agregar otra necesidad, que hoy consume un alto porcentaje del
ingreso de las familias de bajos recursos: la vivienda. Todavía
más, podemos decir que el trabajo en sí mismo también es una
necesidad porque es una actividad artística y creativa de
realización personal.  Ésta función transformadora  se desvirtúa
cuando se usa para explotar y denigrar la dignidad humana del
trabajador.

The International Ladies’ Garment Workers Union (Unión
Internacional de Trabajadoras del Vestido) protagonizaba los
esfuerzos para unir a los trabajadores de este sector.  Para 1909
se produjeron conflictos y protestas de los trabajadores textiles.  
Las acciones estuvieron dirigidas por la Trade Union League.
400 trabajadores se unieron en la lucha contra la Triangle Waist
Company. Desarrollaron una reunión histórica en la que
participaron miles de trabajadores del vestido de todas partes de
la ciudad, bajo el liderazgo de Young Clara Lemlich que hizo un
llamado a la huelga general, que en efecto fue una de las de
mayor importancia.

Otra huelga impactó la industria de la aguja en el 1910, la de los
trabajadores del abrigo (cloakmakers’ strike), esta vez se llegó a
un acuerdo histórico que establecía un sistema de arbitraje o
derecho a presentar quejas para resolver conflictos y
desacuerdos, (grievance procedures), pero lamentablemente las
fabricas estaban en mano de una clase capitalista ignorante e
inescrupulosa que no respetaría ni la ley ni los acuerdos
convenidos con las trabajadoras.  Para esos años las conquistas
eran logradas a costo de atropellos, apresamientos, provocación
policial, y hostigamientos de elementos pagados por la
burguesía, especialmente contra los líderes, a pesar de los
principios establecidos en la Constitución de los Estados Unidos
sobre la integridad de la persona.
Ningún otro sector de la economía americana ha explotado con
mayor intensidad a sus trabajadores en las grandes ciudades
como el textil, desde el principio del siglo 20 hasta nuestros días,
cuando la industria dio un giro hacia el exterior bajo la política de
zona franca, los acuerdos de libre comercio y las medidas
proteccionistas del gobierno.  Los trabajadores han sido
excluidos.
El mismo cielo debe recordar con profunda tristeza
aquel 25 de marzo de 1911, en el que la gran
ciudad vio nacer la luz de un día lleno de
esperanza, pero se nubló de tragedia la tarde de
ese sábado.  Eran muchas mujeres, trabajadoras
del sector textil, desde la edad de 16 años hasta
los 23, la mayoría.  Las señoritas, las niñas, las
madres, y los  caballeros se presentaron a una
jornada de trabajo que sería la última de su vida.
En pocos minutos estaba supuesto a terminar un
día más de salario miserable.  El sexto día de la
semana no descansaron aquellos de menor suerte.

Esta empresa de la industria del vestido se
llamaba The Triangle Waist Company, una de
tantos denominados talleres del sudor en el
corazón del bajo Manhattan, ubicada en el 23-29
Washington Place en la esquina norte del Este de
Washington Square, ocupaba los tres últimos
pisos de los diez del edificio.  De los 600
trabajadores que operaban largas horas de labor,
500 eran mujeres.  La mayoría de ellos eran judíos,
inmigrantes rusos, italianos y alemanes, entre
otros, muchos apenas hablaban ingles.  Con
excepción de los que saltaron por las ventanas
hacia la muerte, los desdichados murieron
sofocados o simplemente quemados, al extremo
de no poder ser identificados.

The Asch Building era una propiedad de Max
Blanck e Isaac Harris.  Los dueños se valían de
contratistas para el empleo de los trabajadores, de
los tantos inmigrantes ilegales que venían en busca
de una mejor vida a este país.  Como sabemos,
las grandes olas de inmigrantes a esta tierra de
América al principio del siglo pasado, muchos
antes y sucesivamente, no fueron solamente los
despreciados mejicanos ni los ciudadanos
puertorriqueños de segunda clase, sino que eran
en su mayoría procedentes de paises de gentes
blancas y fueron tan explotados como lo han sido
los granjeros en los Estados fronterizos.

Faltaban pocos minutos para los trabajadores irse
a casa, 4:46 p.m. (quitting time), cuando las
mayoría de los empleados del resto del edificio,
para su suerte, se habían marchado, alguien gritó:
¡F U E GO!, comenzó el terror en el piso ocho.  
Inesperadamente el siniestro se originó en el
octavo piso, extendiéndose sin control, y las llamas
mostraron sus fauces asesinas y crearon el terror
impulsadas por el material inflamable de la
factoría.  El fuego irrumpió con una velocidad
increíble, alguien hizo intento de apagarlo lanzando
contenedores insuficientes de agua, otros optaron
por la puerta de salida que había estado cerrada
ilegalmente para evitar el hurto, inclusive, en la
desesperación un empleado conectó una
manguera pero no salió presión de agua.
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