Roebling diseñó el puente de Brooklyn en un espacio de 1,595 pies, con una capacidad de
carga de 18,700 toneladas, vías de trenes en ambas direcciones, dos carriles en ambas
direcciones para el transporte automotriz y en animales, en el centro del puente, a la altura
de un segundo nivel, una pasarela para peatones y ciclistas.
Washington Roebling dejó atrás la tradición e introdujo el uso del acero, llamado entonces
“el metal del futuro”, de cuyo metal diseñó los cuatro cables principales. Para ese tiempo el
acero era usado en los ferrocarriles, pero no en la construcción de puentes, lo que se usaba
era el hierro. Roebling defendió el uso del cable de acero en un artículo en “The American
Railroad Journal” en el que discutía la debilidad de cables y cadenas de hierro en los
puentes suspendidos y su vulnerabilidad frente a las destructivas oscilaciones causadas por
los vientos fuertes.
Cada cable del puente colgante de Brooklyn mide 3,578 pies y 6 pulgadas y esta formado
por 5,434 cuerdas de acero. Los cables en conjuntos miden 15,060 millas.
El trabajo de construcción del Brooklyn Bridge fue un desafío para los 600 trabajadores
inmigrantes que operaron en el peligro y en condiciones miserables, con un salario de
apenas $2.25 al día.
Para excavar los puntos de las torres debajo del río, una profundidad de 78 pies, se
construyeron unos arcones neumáticos de 3,000 toneladas. Por primera vez se usó
dinamita en este tipo de construcción. Los accidentes eran frecuentes y los trabajadores
sufrían de aeroembolismo, una enfermedad causada por los cambios de presión en el agua,
una condición que afecta el nivel de nitrógeno en la sangre. Esta enfermedad causó la
muerte de más de 20 trabajadores y enfermó a muchos, debido a las largas horas que
permanecían debajo expuestos al cambio de presión del agua. El mal era peor porque en
ese tiempo se conocía muy poco sobre el tratamiento de esa enfermedad.
El mismo Washington Roebling un día al salir del cajón neumático, enfermó y quedó
paralítico. No podía moverse ni podía hablar; nunca más volvió al lugar de la construcción.
“Abajo en el “caisson” todo se revestía de apariencia irreal. Había una sensación de
confusión en la cabeza, como “el paso de mucha agua.” El pulso al principio era acelerado,
y a veces por debajo de lo normal. La voz se oye débil e innatural y cuesta mucho esfuerzo
hablar. Y qué del reverbero de la luz, el espesor de las sombras, el confuso ruido de los
martillos, los barrenos y las cadenas…” (E. F. Farrigton, maestro mecánico)
La discapacidad de Washington fue una tragedia más que se sumaba a la familia después de
la muerte del padre, que ponía en riesgo la terminación del puente.
Pero Roebling no estaba dispuesto a ceder en la realización de un sueño que había costado
la vida de su padre, hizo un esfuerzo sobrehumano para continuar, pero lo logró gracia al
temple y determinación de su esposa, Emily Warren Roebling, quien nació en el 1843 en
una ciudad llamada Cold Springs, (Hudson Valley), la segunda de doce hermanos, de los
cuales sólo seis sobrevivieron. Ella se casó con Washington el 18 de enero de 1865.
Emily se vio compelida al estudio de matemáticas avanzadas, leyes y principios de ingeniería
civil y con la ayuda de la mente lúcida de su marido continuó la construcción del puente que
para ese entonces sería el más largo del mundo y lo fue por 20 años más. Washington sólo
podía mover un dedo, los esposos desarrollaron códigos de comunicación, un sistema para
entenderse con el uso de ese dedo. Washington supervisaba el puente a través de la
ventana de la habitación de su casa en Brooklyn, mientras Emily iba y venía con las órdenes
e instrucciones para los ingenieros y los empleados comprometidos en la construcción.
El costo final del Puente de Brooklyn fue de $15.1 millones, el doble del estimado original
de $7 millones. El 23 de mayo de 1883 el Presidente Chester Arthur y el Gobernador
Grover Cleveland inauguraron la estructura sobre el río ante la presencia de 14,000
invitados, una multitud impresionada por la terminación de una maravilla más del siglo.
Otro episodio restaba para la historia, una tragedia más y ocurrió 6 mese después, en
“Memorial Day” de 1883, cuando una mujer tropezó en uno de los peldaños de acceso del
lado de Manhattan y su compañera lanzó un grito instintivo que provocó el rumor de que el
puente se hundía, el pánico fue inmediato, lo que causó una estampida humana que dejó
doce personas muertas y unas 35 seriamente heridas. Un año después la gente aún no
confiaba en la fortaleza del puente y fue necesario que el empresario P. T. Barnum desfilara
en compañía de una manada de 21 elefantes. Sin embargo el puente no se hundía,
continuaría imponente sobre el río del Este, permitiendo el paso de peatones y vehículos del
mismo modo que pasarían los años y las generaciones de esta gran capital del mundo,
impulsado por inmigrantes del espíritu y constancia de los Roebling.
Historia del Broolyn Bridge
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